Este 2025 ha sido un año atípico. Las ocupaciones diarias y diversos factores mantuvieron mis cañas guardadas más tiempo del que me gustaría admitir. Sin embargo, dicen que las mejores cosas se hacen esperar, y esta salida tenía todos los ingredientes para ser memorable: por primera vez, el equipo estaba completo. No iba solo, ni con los amigos de siempre; iba a compartir la lancha con mis dos hijas, Valeria y Sofía, en uno de mis escenarios favoritos.
Además, teníamos un motivo extra para celebrar: estrenábamos la nueva indumentaria oficial de A Fishing Day, unos camibuzos espectaculares confeccionados por nuestros amigos de Bad Crab Colombia, perfectos para protegernos del sol que prometía acompañarnos todo el día.

La Ruta hacia San Roque y el Ritual de San Rafael
Jaguas no es solo una represa; es un ecosistema vibrante entre las montañas de Antioquia. Salimos de madrugada, con esa mezcla de sueño y adrenalina que solo conocemos los pescadores. Por supuesto, ninguna ruta hacia esta zona está completa sin la parada técnica obligatoria en San Rafael para recargar energías con sus famosos pandebonos calientes. Con el estómago lleno y el corazón contento, llegamos al embalse.

El clima era perfecto: un sol radiante se reflejaba en el espejo de agua, apenas interrumpido por algunas nubes pasajeras.
Valeria: El Instinto no se Pierde
Al iniciar la jornada, tenía mis dudas. Valeria llevaba un par de años sin lanzar una caña, y el timing en la pesca de Black Bass es algo que se oxida si no se practica. O al menos, eso creía yo.

Para mi sorpresa (y orgullo), su memoria muscular estaba intacta. Apenas nos ubicamos en los primeros puntos de pesca, Valeria empezó a conectar capturas. Mientras yo aún ajustaba mi freno, ella ya estaba peleando sus primeros Bass. La competencia sana floreció de inmediato: codo a codo, padre e hija, buscando esos piques agresivos. Ella lideraba el marcador, demostrando que la pasión por la pesca se lleva en el ADN.



Sofía… la «Bella Durmiente» del Embalse
Mientras Valeria y yo lanzábamos sin parar, Sofía tenía su propia estrategia: alternar lanzamientos con siestas estratégicas. La madrugada le pasaba factura y, entre lance y lance, el arrullo del bote la vencía. Sin embargo, al ver el movimiento y la emoción de las capturas de su hermana, el instinto pescador pudo más que el sueño.
Logró capturar un par de Black Bass, lo que le subió el ánimo, pero el momento cumbre del día estaba por llegar.

Eran cerca de las 4:00 PM. Después del almuerzo y un descanso en las hamacas, retomamos la actividad. Las mojarras, esa especie tan codiciada por su combatividad y dificultad técnica en nuestros embalses, no se dejaban ver. Sofía, que acababa de despertar de su siesta prometida, tomó su caña y lanzó su Jig hacia una empalizada.
De repente, el chillido de su carrete rompió el silencio.
No era un Bass pequeño. La caña se arqueó y comenzó una pelea rápida pero intensa. Al acercar la captura al bote, vimos el brillo azul: ¡Una hermosa Mojarra!…. Reaccioné rápido con la nasa para asegurar el trofeo.
La escena fue curiosa: Valeria y yo celebrábamos eufóricos. Para un pescador deportivo en Colombia, engañar a una mojarra vieja en una estructura cerrada es un logro técnico mayor que sacar muchos Bass pequeños. Sofía nos miraba confundida, con una sonrisa tímida, sin entender por qué tanto alboroto por ese pez en particular. Tras explicarle la rareza y el valor deportivo de su captura, su confusión se transformó en una mirada de orgullo genuino.

La tarde caía y, aunque el día había sido exitoso, yo seguía con la espinita de la mojarra. Siguiendo el consejo experto de nuestro remero, decidí cambiar de táctica. Guardé los plásticos blandos y monté una cuchara.
La lectura del agua fue correcta. Pocos lances después, sentí ese golpe seco y agresivo. La línea se tensó y, tras una buena batalla, logré subir mi propia mojarra al bote. Fue el broche de oro, ese momento de alegría pura que justifica las horas de viaje y el cansancio.

Regresamos al puerto con el cuerpo agotado pero el espíritu renovado. Esta salida a Jaguas no fue solo sobre los peces; fue sobre ver a Valeria retomar su afición con maestría y ver a Sofía comprender, a través de esa mojarra, por qué su papá ama tanto este deporte.
Fueron momentos inolvidables para los tres. El embalse de Jaguas nos regaló, una vez más, un día de pesca perfecto. Espero que la vida nos permita repetir estas jornadas familiares mucho más seguido.
