Para comenzar este año con el pie derecho, decidí regresar al embalse Peñol-Guatapé, un lugar que no visitaba con intenciones de pesca desde hacía tres años. Arrancamos la jornada temprano, a las siete de la mañana, junto a mis amigos y compañeros de club, Andrés y Alejandro.


Mientras avanzábamos en el bote hacia la primera zona de pesca, la emoción de volver a este escenario familiar se mezclaba con la expectativa de lo que podríamos encontrar.


Nuestra primera parada fue en una empalizada, el sitio perfecto para probar señuelos de superficie y cucharas.
Sin embargo, no pude resistirme a usar mi gusano plástico montado en un jig de 1/8 de onza, y la recompensa no tardó en llegar: enseguida empezaron los piques y la adrenalina de sentir al pez tirando con fuerza al otro lado de la línea.






Como parte de mi plan para variar técnicas, también probé un X-Rap blanco y un Shad Rap RS, que inicialmente me dieron muy buenos resultados con múltiples capturas. Pero el sol fue ganando intensidad y, con ello, la efectividad de esos señuelos se redujo. Fue entonces cuando retomé mi confiable gusano, y casi de inmediato volvimos a tener ataques en cada lance.
Este éxito motivó a Alejandro y Andrés a cambiar sus señuelos e imitar mi estrategia, con resultados bastante similares.
Entre lanzamientos, risas y la emoción de cada captura, surgió un incidente tan divertido como inesperado: justo al extraer un pez del agua, un mal movimiento en el bote para evitar caer sobre las varas y anzuelos terminó por volcarme al agua. Afortunadamente, salí ileso… ¡y sin perder al pez! Recobré la caña, aseguré la captura y subí de nuevo a la embarcación para seguir disfrutando del día.
Aunque ninguno de los tres logró un bass de gran tamaño o esa tan buscada mojarra, cerramos la jornada con una buena cantidad de capturas de talla mediana y un ambiente de camaradería que solo la pesca puede brindar. Este reencuentro con Peñol-Guatapé, estrenando el año y sintiendo otra vez la energía de sus aguas, me recordó por qué este sitio siempre ocupará un lugar especial en mi corazón. Seguramente volveré pronto, con la esperanza de que la próxima vez aparezca ese gran pez que todos imaginamos cuando sujetamos la caña y miramos al horizonte.
