Un Año de Grandes Aventuras de Pesca: Resumen 2024

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Este 2024 no comenzó como yo hubiera querido en cuestión de tiempo; las ocupaciones diarias me mantuvieron lejos del agua por algunos meses. Sin embargo, con el pasar del año, fui encontrando la oportunidad de escaparme a distintas locaciones e ir tachando de mi lista algunos sitios que llevaba tiempo deseando visitar. Cada jornada me recordó la magia de la pesca deportiva: la conexión con la naturaleza, los desafíos de cada especie y el aprendizaje constante que nos regala cada lance.

Mi primera gran salida tuvo lugar en marzo, cuando por fin pude dedicar un par de días al Embalse Topocoro, situado a aproximadamente hora y media de Bucaramanga. Este imponente cuerpo de agua, con cerca de 7.000 hectáreas, está rodeado por la Serranía de los Yariguíes, que alberga especies tan magníficas como jaguares, pumas y tigrillos. El calor de esa temporada seca en Colombia había disminuido drásticamente el nivel del embalse, lo que complicó bastante la pesca. Aun así, esos días no perdieron su encanto: recorrí en bote varias orillas y puntos de profundidad media en busca de tucunarés. Recuerdo la emoción de ver el sol reflejándose en la superficie mientras lanzaba mis señuelos, esperando ese tirón inconfundible. Tras varios ataques y suertes fallidas, logré la captura de un tucunaré en el segundo día; fue un momento breve pero intenso, justo lo necesario para hacer que toda la espera valiera la pena. El Topocoro, con sus paisajes y desafíos, se convirtió en un inicio de temporada inolvidable.

En abril, decidí darme la oportunidad de aprender algo nuevo y me dirigí con mi amigo José Osorio de Cormoran a un pequeño río en Belmira, Antioquia. Estaba ansioso por probar la pesca con mosca, una técnica que había admirado durante años pero en la que nunca había profundizado. El clima lluvioso de esos días no nos dio tregua, y adaptar mi estilo de spinning al fly fue más complicado de lo que imaginaba. Mientras José capturaba un par de truchas arcoíris con destreza, yo apenas alcancé a sentir un solo ataque antes de que la pequeña trucha se escapara de mi línea. Entre la lluvia, los nervios de dominar la nueva técnica y mi inexperiencia, no conseguí llevar a la orilla ninguna captura. Sin embargo, la experiencia me sirvió de motivación para adquirir mi primer equipo de pesca con mosca y prometí practicar hasta sentirme más seguro en esta modalidad tan elegante como desafiante.

Pasaron algunas semanas hasta que en junio volví a sentir el cosquilleo de planear una nueva salida. Junto a mis compañeros del Club Espacio de Pesca, organicé un viaje al Embalse de Jaguas, un lugar que siempre me ha sorprendido por sus paisajes y su abundancia de black bass. Esta vez, el cielo nos regaló un día soleado e inspirador. Navegamos varias horas, probamos diferentes señuelos y profundidades, logrando al final del día capturas interesantes de bass, aunque no nos cruzamos con la ansiada mojarra ni con el morrudo, dos especies que se han vuelto casi legendarias en ciertos embalses del país. Pese a todo, disfrutamos cada momento y celebramos un día de camaradería, grandes sonrisas y nuevos recuerdos junto al agua.

Para julio, me embarqué en lo que tal vez haya sido la aventura más emocionante del año: un viaje a las lagunas del río Amazonas, abarcando zonas de Brasil y Perú.

Era un sueño que llevaba anhelando mucho tiempo, y coincidió con la semana de mi cumpleaños, lo que lo convirtió en un regalo único. Recuerdo la adrenalina del recorrido: un par de vuelos y luego un trayecto de más de 20 kilómetros en lancha por distintos afluentes del Amazonas, con paisajes de selva que parecen sacados de otra realidad. Tenía la ilusión de enganchar una arapaima, ese gigante de agua dulce que se dejaba ver saltando cerca de nuestros botes. Aunque logré tenerla en mi línea por unos segundos, su dura mandíbula evitó un enganche firme. No fue el final épico que deseaba, pero me fue muy bien con las arawanas amazónicas y algunos tucunarés.

Samuel, uno de mis compañeros, sí logró capturar y soltar una arapaima de tamaño mediano, regalándonos un espectáculo de fuerza y resistencia que nunca olvidaré.

Volví a casa con un enorme deseo de regresar algún día y, ojalá, poder ver más de la fauna increíble de la región, como el jaguar o la anaconda en su hábitat natural.

Con los ánimos renovados, en septiembre regresé al Embalse de Jaguas para el aniversario de nuestro club. El clima se puso bastante lluvioso, pero aun así, mi confianza en el gusano plástico montado en jig de 1/8 de onza no me falló y pude enganchar varios black bass. Fue una jornada de celebraciones, anécdotas, mucha lluvia y, por supuesto, capturas. Algunos compañeros incluso lograron atrapar y liberar mojarra y morrudo, cumpliendo así el objetivo que en junio nos había sido esquivo.

Ya en noviembre, y con la memoria llena de experiencias, me encontré cerca de los Lagos de Porce, así que aproveché un día soleado para entrenar de nuevo la pesca con mosca. Aún me costaba bastante dominar el lance y lograr que la mosca cayera sutilmente sobre la superficie, así que, después de varios intentos frustrados, desempolvé mi equipo de spinning y lancé mi señuelo favorito. Bastó un rato para recibir la gran alegría de la tarde: un tucunaré de un par de libras de peso que me arrancó una sonrisa tras sentir su brío al otro lado de la línea. Con esa única captura, me di por satisfecho y concluí la jornada pensando en seguir puliendo mi técnica de fly en los meses siguientes.

Finalmente, llegamos a los días de diciembre. El 27 decidí compartir mi pasión con mi hija menor en el Parque Ecológico Alcaravanes, en Marinilla. Empezamos temprano para que ella practicara lanzamientos con señuelos artificiales, aunque no logró capturas con esa técnica; sin embargo, el ánimo se mantuvo en alto y, al cambiar a carnada, pudo atrapar tilapia y cachama, sonriendo como nunca mientras devolvíamos al agua a sus pescados. Por mi parte, tuve dos piques efectivos de black bass, experiencia suficiente para sentir que ese vínculo familiar y pesquero creció un poco más aquel día.

Pero la historia de mi 2024 no podía terminar sin una última escapada épica. El 28 y 29 de diciembre organicé junto a tres amigos un viaje a dos embalses distintos. Primero visitamos Playas, donde nos hospedamos en las habitaciones de la Fortuna Fish (conocidas como “Donde Diego”), un lugar cómodo y con deliciosa comida, perfecto para recargar energías. La pesca nos ofreció múltiples black bass y algunos tucunarés, aunque las mojarras y el legendario morrudo siguieron siendo esquivos. Al día siguiente, pusimos rumbo al Embalse de Jaguas. Allí, aunque logramos capturas más grandes de bass, tampoco aparecieron las otras dos especies que tanto ansiábamos. Sin embargo, pude perfeccionar un poco más mis lanzamientos con mosca gracias a los consejos de mi amiga y compañera de bote, quien tuvo la paciencia de corregir mi postura y movimiento.

Así concluyó mi 2024, un año que empezó con pocas oportunidades de pesca pero se transformó en una colección de vivencias únicas, llenas de aprendizajes, emociones y reencuentros con mi verdadera pasión. Cada nuevo lugar explorado me regaló su propia magia y me recordó que la pesca no solo se trata de atrapar peces, sino también de compartir momentos, desafiar límites y agradecer cada instante en que podemos contemplar la naturaleza de cerca. Espero que el próximo año venga cargado de más aventuras, y que cada línea lanzada sea una oportunidad de descubrir algo nuevo sobre mí mismo y sobre este increíble mundo acuático. ¡Nos vemos en el agua!

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