Hacía ya varios años que la oportunidad de pescar con mi padre se nos escapaba. Él fue el maestro que me instruyó en este arte cuando apenas tenía siete años. Revivir estos momentos a su lado me transporta de regreso a mi infancia, cuando era aquel niño ansioso por atrapar su primer pez.
La aventura en esta ocasión nos llevó hasta la represa de Jaguas, un paraiso escondido en San Carlos, con la promesa de una expedición de pesca que duraría dos días completos.





Al llegar, nos sorprendió ver que la represa estaba excepcionalmente alta. Nuestro remero nos explicó que el embalse había estado particularmente inestable, lo que podría haber influido en el comportamiento de los peces y, potencialmente, hacer que nuestra pesca fuera más desafiante de lo habitual.
A pesar de las advertencias, la sorpresa se presentó en el primer lance: una aguerrida mojarra mordió mi señuelo, regalándome la primera alegría del día.

Luego de esa captura inicial, las mojarras parecieron desaparecer. Sin embargo, la aventura no se detuvo allí. Junto a una tilapia de buen tamaño, logramos atrapar un total de 90 bass en dos días, poniendo un broche de oro a nuestro viaje de pesca.


















Cada viaje de pesca es un capítulo más en mi libro de recuerdos, y este, en particular, quedará marcado no solo por la pesca sino también por la invaluable compañía de mi padre. Una aventura que comenzó con un niño ansioso de siete años, ahora continúa con el corazón lleno de agradecimiento y nuevas historias que contar.
